Mostrando entradas con la etiqueta Cuento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuento. Mostrar todas las entradas

sábado, 13 de septiembre de 2014

Amor sin verse

Por: Yael Atletl Bueno Rojas

Era como aquella mañana de otoño el la que sabía que moriría, una mañana que sucedería algún día. Pero no, no era la misma mañana aterradora e inevitable, esta mañana era diferente, algo en su cálido tono poco común anunciaba una buena noticia, un cambio positivo.
Y ahí estaba yo, parado en el jardín junto a mi árbol favorito, esperando a alguien, no sabía a quién, pero sabía que estaba esperando.
Este sueño era distinto, no era seco, frío e insonoro, a diferencia de la mayoría de mis sueños.
Se nubló mi vista y al despejarse vi por primera vez su rostro; no lo creía, era tan hermosa que quedé perplejo dentro de mi propia mente. Ella era tan hermosa e indescriptible, ni siquiera podía pensar de donde había salido tal belleza. Ahora mi impaciencia torturaba a mi mente. No quería saber más, preferí vivir el día en lugar de verlo acontecer.
Desperté como todas las mañanas, sabiendo gran parte de lo que me sucedería en el día, pero sin saber cómo, así que me levanté, me vestí, desayuné y fui directo para la escuela.
Entré a mi salón y tome las clases habituales, pasaron los primeros cuatro módulos y no la vi.Aún conservaba la esperanza de verla.
El receso fue la oportunidad perfecta para buscarla, caminé por cada sitio de la escuela, vigilando los más transitados; noté que todos me veían de forma extraña, como si estuviese loco, no me importó en lo absoluto.
Pronto me vi cansado y sin querer me paré a un lado de mi árbol favorito en medio del jardín de la escuela, cuando noté lo que sucedía eche una ligera carcajada y seguí buscando.
Pasó un buen rato después de que tocaran para entrar a clases y no había noticia alguna de ella, todo era vacío, aburrido y sin sentido para mí, sabía que la vería, pero la impaciencia es letal.
Repentinamente, la noticia más inusual posible, nos íbamos de visita a una escuela cercana por una exposición que haría. El recorrido fue eterno para una mente tan torturada como la mía. Cuando entre, alguien tocó mi hombro, era ella, No tuve tiempo de asimilar nuestra primera visualización cuando ella sonrió y me dijo:

-Te he estado esperando todo el día.

domingo, 17 de agosto de 2014

Las marionetas.

Hacemos lo que debemos al decir lo que decimos, al escribir lo que escribimos; es una orden que debemos cumplir sin fallar en ningún aspecto. Cada palabra viene de un lugar que no conocemos, pensamos que es nuestra mente la que escribe pero realmente hay algo que nos hace escribir...
 incluso fuera de lo vivido se hallan las causas más extrañas, lo que le da la vida a las palabras no solo son las marionetas llamadas escritores, sino los sentimientos que se incuban en cualquier objeto, suceso o sonido de la vida de este.

lunes, 28 de julio de 2014

Vino Tinto (III)

El ascensor era de un sólo sentido, abajo.
Descendí por el ascensor, el agua caía lentamente mientras bajaba, o mejor dicho el líquido.

Cuando el ascensor se detuvo, volví a encontrar nada más que oscuridad, el aire estaba limpio, sólo se notaba un ligero olor a encierro, pero sólo eso. 

La oscuridad era natural, es decir, se disipaba; pues cuando encendí mi lámpara de petróleo, pude ver más allá de 9 metros enfrente mio.
Pude al fin sentirme tranquilo. Me hallaba en un almacén de piezas mecánicas, el desorden reinaba, no era un caos, pero se notaba que algo había tirado algunas cajas al suelo y estas habían esparcido su contenido por el piso, nada que no se esperase de un sitio que fue abandonado por más de un siglo.

Había sólo tres puertas en el almacén, entré a la más cercana al ascensor y ahí encontré un pequeño taller donde se ensamblaban piezas y se hacían herramientas.  No había nada que pudiese ser usado debido al nivel de deterioro por el tiempo.

Abrí la segunda puerta de almacén. Oí pasos. El aire tenía su característico olor a azufre y no había escondite alguno. Corrí buscando un lugar donde él no me viera. Me escondí tras unas cajas, pero mi lámpara me delataría. La apagué.
La obscuridad reinó, mis ojos no lograban adaptarse a ese tipo de obscuridad.
Los pasos se acercaban, paso a paso yo sudaba más y más. El nerviosismo me mataría; mi corazón latía más rápido que el de una rata y casi me desmayo…
Pero mis ojos pudieron ver al fin. No por haberse acostumbrado a las tinieblas sino porque él prendió una antorcha. Y fue entonces que lo vi.
Era horrible, su brazo derecho estaba mutilado, la parte faltante había sido reemplazada por un hacha antigua, su otro brazo estaba cocido como si estuviese hecho de remiendos y al final de este había una pezuña de cerdo.
Su rostro era  una deformidad  no tenía labios, la mitad en su cara estaba cosida por lo que no tenía ojo izquierdo. Era calvo y vestía una especie de toga corta color café.
Tenía músculos enormes, pero todo su cuerpo se encontraba parchado, piel de cerdo y humana en varias tonalidades lo conformaban. Un auténtico Frankenstein.
El almacén se inundó súbitamente, todo empezó a flotar sobre el líquido, incluso las herramientas de metal. La expresión en el rostro de esta criatura cambió drásticamente a un estado de alarma y este se echó a correr. Lo seguí sin dudar en lo mínimo, recé por que no me descubriera. Entonces me fijé en que él no tenía orejas, no me oía en lo mínimo.

Entró al taller y se dirigió hacia una pared, lo vi tratar de abrir una pequeña puerta de madera que estaba detrás de unas cajas. En un acto de desesperación rompió la puerta con su hacha y entró despavorido.
Lo seguí a prisa. Entramos a una cueva alumbrada con antorchas. Había una corriente de viento que se notaba bastante, aire del exterior.
Habíamos estado corriendo en la cueva por al menos un minuto cuando la criatura volteó.
Y cuando la criatura me vio se detuvo en seco y yo también. Su expresión se tornó iracunda y caminó hacia mí, con su hacha en alto.

Yo no había movido un músculo siquiera cuando resonaron pasos en las cavernas, rápidos, pero que hacían retumbar el piso. Y al sentirlos, la criatura nuevamente volteó y corrió, incluso más rápido que antes. Hice lo mismo de inmediato. Pronto llegamos a una especie de desagüe antiguo.
La criatura extraña trató de escalar alguna pared, pero su pezuña y su hacha se lo impedían.
Yo escalé rápidamente, encontrando una pequeña cornisa alta en la que pude sentarme. Gateé hasta dónde él y traté de ayudarlo a subir, pero fue inútil.


Pronto dejó de intentarlo. Los pasos se aproximaban cada vez más rápido, incluso yo comprendí cuál sería su destino.
Inmediatamente apareció una bestia, una especie de cangrejo de ocho patas que medía por lo menos metro y medio de alto.
La criatura blandió su hacha y asestó el primer golpe, pero aquella horripilante mezcla de cangrejo con araña no sufrió ni el más mínimo rasguño. La bestia contraatacó cortando con dos de sus patas las piernas de la criatura porcina, el líquido se entintaba en rojo, pero la criatura no se rendía; en un acto desesperado, utilizó su fuerza para levantarse con su pezuña y cortarle una pata a la araña. La bestia inmediatamente reemplazó su pata y la clavó en el pecho de aquel que me había guiado hasta aquí. Volteé hacia otro lado, no quería ver más sangre ya.
Entonces se escuchó un chillido agudo, el grito de un humano en el cuerpo de un cerdo. Su grito se asemejaba al quejido de un cerdo siendo asesinado y al mismo tiempo a una palabra humana: Sálvate.
Y entonces se detuvo. Volteé hacia donde se había librado la batalla y sólo se ví tripas flotando en sangre, mientras la araña se las comía. 

Junté todas mis fuerzas y corrí a la salida. Estaba cerrada.  La bestia no podía trepar las paredes, pero yo no podía salir. Sigo aquí y no me queda otra cosa más que dormir un rato... 

lunes, 14 de abril de 2014

Notas de un asesino.

Era un día cualquiera en la prisión federal No.12.
Los presos se comportaban como tal, llevaban a cabo las actividades que les correspondían, las que se les antojaban.
Todo era normal hasta que llego aquel tipo a mi celda. Jamás lo vi llegar, cuando regresé de ejercitarme ahí estaba él.
Era un Joven, dieciocho años de edad máximo. Su cara denotaba cierta tristeza y amargura, causaba pena verle. No tenía cara de asesino. Su vestimenta, por otro lado, era algo excéntrica, parecía uno de esos detectives encapuchados, no sé ni cómo lo dejaron entrar con tanta cosa encima, llevaba un sombrero negro y un saco que le llegaba hasta las pantorrillas.
Me senté a su lado y como buen asesino que fui, le pregunté por sus delitos para saber si era de los míos o no.
Se paró inmediatamente. Su expresión cambió, todo aquel empeño de mostrarse triste se había ido. Ahora veía una cara distinta.
Me vio directamente, sus ojos parecían ser los de un lunático, tratando de ver a través de mí como si yo no estuviera.
Pronunció de manera placentera los acontecimientos….
“Yo tenía un amigo… un amigo nunca me olvidaré… él no sabe dónde estoy ahora… pero se enterará más tarde…
Yo era normal, una persona común, no tenía grandes planes para el futuro ni nada por el estilo…
Yo pensaba que el día era mejor que la noche…
Hasta que ese amigo me hizo un trato.
Me ofreció tres mil quinientos cuarenta para vigilar a un amigo de su novia, del cual tenía celos…
…al principio fue algo difícil. Pero tras unos días de entrenamiento me convertí en una sombra andante… podía seguirlo a donde se me placiera… y el jamás se enteraba.
Un día mi amigo llegó muy triste a la uni… temía que su novia estuviera con “su amiguito”. Así que fui, me escabullí entre la gente y me preparé para cualquier cosa que viese. Ya me sabía su rutina. Aunque nunca había hecho nada con la novia de mi amigo, siempre quise asegurarme de que no estuviera triste, porque cuando alguien está triste me entristezco yo…
… y entonces lo seguí. Los había encontrado en el parque. Repentinamente se fueron. Los seguí hasta un callejón vacío, él la tomo de los brazos. La estaba obligando… y pensé en ayudarla. Me cubrí el rostro con un pañuelo viejo y tomé una botella del piso. Salí, me dejé ver. Y fue entonces cuando él la soltó. Y ella no hizo nada. Sólo sonrió de forma maquiavélica, ¡Me habían tendido una trampa! ¡Maldita zorra!
¡En mis cuatro años que llevo de detective privado nadie me ha vuelto a descubrir! ¡Sólo ese maldito idiota y su estúpida amiga!
Pero la historia no acaba ahí obviamente…
Yo sabía que ella engañaba a mi amigo.
Pero mi misión era cuidarla, así que hice lo único que pude.
Hui,  subí por la herrería de una casa y me escapé por los tejados.
A la noche siguiente, yo iba preparado. Me había puesto esta gabardina negra y este mismo sombrero… pero esa vez me llevé el arma de mi tío. Estaba dispuesto a hacer todo para evitar alguna alarma.
Él estaba caminando solo de regreso a casa, por el camino de siempre. Así que lo esperé en un pequeño callejón por el que siempre pasaba sin miramientos.
Pasó de largo, lo seguí, me acerque a él  y le puse el arma en la cabeza. Lo conduje hasta el callejón y ahí mismo le dije:
-Te lo diré en tu idioma. No te quieras pasar de listo cabrón. Mira, haremos algo, tú le dices a tu amiguita que yo te seguía por las broncas que tienes con la otra banda y haces que se olvide del asunto. ¿Por qué no decirle lo que estoy haciendo? A mí me pagan por seguirte y para no ser descubierto, así que si tú haces que me descubran me voy a quedar sin chamba. Y sin chamba ya no me importa que estés vivo….
Ah y otra cosa, si vuelves a intentar pillarme, si vas de marica a acusarte con la policía; si intentas hacerle algo o si ella le dice algo a su novio y me despide, piénsate muerto.
Y entonces, como se solía decir; vas a estar bien pinche muerto nene.
No te voltees. Acuéstate. Eso. Ahora, recuerda el trato, si tu abres el hocico terminarás en una fosa común, ¿Cámara?-
Y así lo dejé.  Tumbado en el piso del callejón.
Días más tarde, él fue a decirle a la policía que había un lunático persiguiéndolo. Fui acechado dos días. Pero finalmente cumplí mi promesa.
Era un día como cualquier otro, él estaba más tranquilo, pensó que la policía me había asustado y yo había huido del país o algo así.
Lo quería muerto. Pero quería ver su rostro al morir, así que opté por hacer todo más placentero; entré a su casa por aquella ventana que siempre deja mal cerrada, lo suficiente como para que un ladrón piense que está cerrada pero no lo suficiente como para que no se abra.
Mi arma estaba lista, la bala estaba enrollada en papel para que el arma no fuese identificada y el silenciador estaba en perfectas condiciones.  Esperé a que entrara en su cuarto. Al cabo de un tiempo se adentró en la recámara a obscuras, y prendí la luz. Deje que viera mi rostro, mi mano empuñando el arma. Se quedó inmóvil y cerró los ojos. Disparé. Un tiro perfecto, justo al centro de la frente, le quitó la vida en un segundo. La sangre despedida por la bala se había impregnado en el espejo y la bala se hallaba en el suelo, justo a un lado del cadáver. Tomé la bala en todo caso.
No quería dejar rastros, así que tomé un tanque de gas de la cocina y lo arrastré hasta el cuarto.  Salí por la ventana. Tomé mi arma y le disparé al tanque de gas desde la azotea del edificio de enfrente. En ese momento entraban dos personas. Mi amigo y su novia.
La explosión los deshizo. Yo mismo me arrepentía de mis actos.
Pero tuve que seguir adelante pese a todas las adversidades.
Y ahora… estoy aquí.  Pero no porque la policía me haya arrestado. Si no porque vengo a hacer limpieza del lugar. Vine a hacerle paso a un amigo.
Y si no te importa… voy a trabajar.”
En ese momento me golpeó en la cabeza y me ató de manos y pies. Dos tipos pasaron con sus cuernos de chivo a abrirle la celda al encapuchado.
Pasó un policía frente a la reja. Ese tipo le disparó en la cabeza y tomó las llaves y su arma. Pronto empezaron más tiros. Pude ver como tiroteaban a todos en las celdas, a los policías. Era un mar de sangre.
Después de unas dos horas cesaron los disparos.
Ahora llegaba el encapuchado y un tipo con la cara quemada. El encapuchado me soltó y el de la cara quemada me dio un cuerno de chivo. Y sin soltarlo me dijo. “¿Te vienes o te rajas?”
Justo ahora voy en camino a convertirme en parte de una fosa común.  Mi sangre se unió con la sangre de toda la prisión. 
Y no fue porque el tipo se rajara, que de hecho no lo hizo, sino porque tardó mucho en contestar.


martes, 12 de noviembre de 2013

Vino tinto (II)

Recién despierto, perdí el conocimiento un tiempo que desconozco, aún tengo el cuaderno y la lámpara, pero, ¿Dónde estoy?No se ve absolutamente nada a mi alrededor, incluso con la lámpara de petróleo se me dificulta ver.El suelo está inundado, a cada paso salpico agua y escucho ecos lejanos.Hay un extremo olor a vino en el ambiente, como si se hubiese evaporado todo un barril y hubiese reemplazado el aire.Veo a lo lejos una luz, una luz que amenaza con desaparecer. Corro lo más rápido que puedo.Me acerco a la luz cada vez más y más. Hasta que llego al lugar que la produce. Me detengo en seco. Una terrible sensación de terror y asco inundan mi cuerpo.Tengo enfrente a mi abuelo y su amigo empalados, sin piel más que en la cara y con todas sus vísceras de fuera, desparramadas en el charco rojizo que rodea los cadáveres empalados.Ambos cuelgan, mi abuelo fue atravesado por el pecho, mientras que su amigo ha sido clavado de manera vertical, de forma que la estaca sale de su boca. Al lado de la horrible escena hay una antorcha hecha de huesos, un cráneo es usado para contener la yesca.No puedo llorar, incluso sabiendo que mi abuelo ha muerto. Decido caminar hacia adelante, esperando toparme con alguna pared. La veo, una pared... más bien un muro de piedra, hay cajas flotando en el agua que parece haber estado estancada desde hace años. No sé qué haré.Por lo mientras, he decidido sentarme en una de las grandes cajas de madera y descansar de la humedad en mis zapatos.Olfateo un poco el ambiente, me he acostumbrado al olor del vino ya.La oscuridad se disipa, estoy en una clase de pasadizo minero, el agua estancada ya no está y tampoco los cadáveres ensartados.No logro describir este lúgubre sentimiento. Felicidad y angustia.Podría pensar que fue una ilusión, pero mis pies siguen mojados.Camino hacia la salida, doblo la esquina para salir, pero el camino está bloqueado, una gran columna de piedra obstaculiza el paso, haciéndome imposible la huida.Doy media vuelta y ahora solo me queda de opción internarme más en la mina.
Hay un ascensor en buenas condiciones, me subo a él, y en cuanto lo hago, la oscuridad vuelve.

Te recuerdo.

Ayer te vi. Parada ahí, en esa esquina en la que sueles tomar la combi. Estabas parada de manera dulce e inquieta.
Llegó la combi y subiste, saludando a todos los que iban dentro como acostumbras.

Hace tres días te vi bromear con tus amigas y sonreír, sonreír como solo un ángel lo haría.

Hace una semana trabajé en equipo contigo. Perdóname por no hablar mucho, me daba pena hablarte.

Hace diez días te vi en la cooperativa tratando de comprar. Me da lastima no haberte podido ayudar. Desde el salón vi que terminó el receso y no conseguiste comprar nada.

Hace veinte días, modifiqué la lista de la profesora de matemáticas para que no reprobaras, porque no lo mereces. Ni lo merecerás.

Hace un mes, llegaste. Vi tu rostro, tu belleza resaltó inmediatamente, me quedé perplejo, incrédulo. Poco a poco (En realidad de mucho a mucho) fuiste adquiriendo, sin querer, mi cariño, mi amor.

Vi tu carisma, vi como te preocupabas por los demás, como hacías amigos en un santiamén, como lograbas animar a todos hasta en las situaciones más desfavorables. 

Te vi llorando con tus amigas en más de una ocasión. 
Me enamoré de ti, de tu belleza y de tu forma de ser.

Eras perfecta.
Hoy, escribo esta carta en tu memoria, porque siempre en mi corazón, un corazón que desearía haber sido amado por el tuyo; y en el de los demás, todas aquellas personas que has apoyado, has animado y con las que has llorado.

Ninguno de nosotros te olvidará. Lo juro.

martes, 29 de octubre de 2013

Vino Tinto


Por: Yael Atletl Bueno Rojas


Corría de prisa, pensando en aquello que venía de tras de mí, voltee y la oscuridad reinaba, temí haber caído en su trampa, lo escuchaba cerca, sus pasos pesados tras los míos, me alcanzaría y no lograría sobrevivir. Seguí corriendo, mi corazón latía intensamente, pasaba de cuarto en cuarto procurando cerrar cada puerta que pasaba para evitar que me alcanzara. En un acto de idiotez, me metí al closet con la velocidad de un tigre y tomé este libro que se hallaba entre la ropa.

Ahora, lo escucho pasar frente al closet, pero se aleja, mi truco ha funcionado.

Puedo escribir en paz relativa.
Todo comenzó hace seis horas, en la casa de un amigo de mi abuelo, su casa estaba llena de armaduras, banderines, libreros, muebles estilo veneciano, quinqués y candelabros en todos lados. Estaba emocionado, su casa era en sí una mansión, con pinta de ser castillo. Mi abuelo y su amigo Tom charlaban, mientras yo estaba atónito viendo las pinturas y leyendo las portadas de los libros que se hallaban en las estanterías.

Me sentí como un niño de 9 con juguete nuevo, pero lo malo era que yo no conservaría nada de eso, era una sensación de emoción efímera. Mi abuelo me llamó, su amigo Tom nos iba a dar un paseo por su mansión y al final nos enseñaría su secreto. Yo estaba seguro que al final nos enseñaría un gran cofre lleno de oro o algo así, que ingenuo.

Nos llevó a su biblioteca privada, un lugar relativamente pequeño en comparación al patio, en el que fácilmente podría caber una docena de elefantes de manera holgada. La biblioteca era más alta que larga, había escaleras verticales de por lo menos 4 metros que te daban acceso a las estanterías más altas. Esto es irrelevante, tengo muy poco tiempo como para esto.

En sí, todo estaba bien hasta que llegamos al patio interior, en el que había una gran fuente en el centro, una figura femenina con cara demasiado redonda y ojos exageradamente sesgados se erguía sosteniendo una jarra, de la cual salía el agua.
El patio estaba lleno de canales en el piso, el agua siempre fluía y se veía bastante cristalina. Cuando yo me fijaba en los canales, vi una figura correr por un pasillo, retrocedí un poco y tropecé, Tom me ayudó a pararme y nos guió al cuarto sorpresa. Bajamos las escaleras del patio interior. Ahí se encontraba una puerta de madera, con cerradura de oro y decorados de plata, Tom la abrió con una llave con incrustaciones de joyas y nos dio una lámpara de petróleo a cada uno, antes de que pasáramos nos dijo: 

“Están a punto de presenciar el hallazgo más preciado que he hecho en esta mansión, pisen con cuidado”.

 Eso de hallazgo me pareció muy sospechoso. Algo simplemente andaba mal. Al entrar, olí un aroma a azufre y vino viejo, el aroma era muy pesado y abundaba en la habitación, que estaba inmersa en una profunda oscuridad, incluso con las tres lámparas, yo no lograba ver más allá de 5 metros de mi nariz. El cuarto era enorme, pero tras unos cuantos pasos, logré ver, además del suelo, un enorme barril de madera, del cual se derramaban gotas de vino tinto por una llave, Tom se acercó al barril y cerró la llavecilla de madera. Lo oí susurrar: “No puede ser”.

Naturalmente, pensé que se había servido un poco de vino y había dejado mal cerrada la llavecilla, cosa que lo había hecho enojar bastante. Se paró y explicó: 

“Hace unos 150 años, mi familia hizo esta cosecha de vino, la puso a añejar aquí, pero el único que sabía de la llave era mi abuelo Francisco, después de su muerte toda la familia buscó desesperadamente la llave, de manera que incluso mi padre y mi tía Margaret pelearon a muerte hasta que mi tía calló del segundo piso y se fracturó la columna, jamás volvió a caminar. La familia se separó y ni siquiera sé que fue de mis hermanos. Ahora, después de cuarenta años de reconstrucción, he logrado hallar la llave. Se preguntarán, ¿Por qué no solo tiramos la puerta? La respuesta…” se detuvo y tiró la llave, estaba estupefacto, su rostro exhibía un profundo horror, sus ojos estaban quietos, lagrimeando, fijos en la oscuridad. De repente le dio un tic en el ojo izquierdo y con mucho esfuerzo logró articular las últimas palabras de su vida “…es él”. Una sombra veloz distanció a mi abuelo de mí mientras esta se dirigía hacia Tom el cual gritó y corrió tanto como pudo, hasta que su lámpara dejó de iluminar el cuarto. Corrí, traté de recordar el camino, vi hacia mis lados y hacia atrás, pero tampoco podía ver la lámpara de mi abuelo. Fue lo peor que sentí en mi vida. Después de vagar por las tinieblas, vi la luz del patio interior y corrí hacia ella, cerrando la puerta de la bodega de vinos al salir. Miré la estatua, la mujer de la cara rara había perdido tanto cabeza como el brazo que sostenía la jarra, el agua se había tornado de color rojo oscuro, casi café, y en el piso, yacía un libro forrado de piel gastada. El titulo estaba en latín, pero el nombre del autor no. “Francisco Delán Atorde Gonzáles”. El libro se hundió en el suelo de piedra, que parecía disfrutar tragarse aquel libro. Subí las escaleras, pasé varios pasillos y busqué desesperadamente la salida, pero cuando encontré el vestíbulo principal me percaté de que la puerta había desaparecido y había quedado una pared en su lugar. Me sentí aterrado, traté de romper una ventana, pero incluso tras lanzarle una silla, esta no se dañó en lo mínimo, incluso la silla se partió en pedazos. Me había pasado al menos una hora buscando una manera de salir, pero lo único que hallaba eran cucarachas, cucarachas en todos lados, yo estaba desesperado, una desesperación fatal, decidí subir al ático, techo, azotea o a lo que tuviese esta choza, para de ahí poder salir, aunque fuese tirándome. Avancé lentamente, para no llamar la atención o hacer ruido, pero a medio camino, la luz empezó a disminuir, el aire a oler a azufre y la temperatura a bajar. Encendí mi lámpara de petróleo y continué, de repente escuché pasos detrás de mí, pasos pesados y lentos, como si un coloso paseara por la casa, me eché a correr y los pasos aumentaron el ritmo, me seguía, pasé por un centenar de cuartos, escuchando el terrible caminar de la criatura asesina, hasta que logré entrar a este armario.

Ahora escucho los pasos de nuevo, vienen para acá, su respirar es tan fuerte que aturdiría a cualquiera, … 

…está en frente del armario,

pensé que se iría, pero…

…se ha detenido.

Continuará...

sábado, 1 de septiembre de 2012

Un poco de mi vida

Este es el momento en el que empiezo a escribir incoherencias, dejandome llevar por el movimiento de mis dedos, las palabras que salen de mi mente y terminan expresándose en el mundo real sin que siquiera lo planee por un minuto, pues mientras escriba continuamente sin detenerme a observar a mi alrededor mis palabras siempre tendrán coherencia, pues las ideas se van desarrollando una sobre otra, de tal manera que siempre le dan continuidad al texto.
Las ideas pueden ser infinitas, sin un numero exacto de lineas, párrafos y paginas, todo un libro podría ser escrito de una manera continua, pero a medida que continuas las ideas se acumulan en tu cabeza y es difícil recordar como empezó todo, por lo cual debes continuar escribiendo sin interrupciones o todo irá mal, todo lo que has escrito podría cambiar de forma drástica, pues no es la misma idea que tenías antes a la que tienes ahora, solo basta con escribir sin pensar para darte cuenta de que estás haciendo algo largo, si no te detienes a pensar puede llegar a ser un texto enorme y entre más te detienes disminuyes tus ideas lo cual afectará tu texto, de manera que tan siquiera pensando en echar un vistazo empiezas a escribir incoherencias incluso después de haber recordado lo que habías escrito no tienes nada en tu mente para seguir escribiendo, una idea cortada puede ser la más peligrosa, y  a la vez l a mas reveladora, pues a través de ella puedes observar tus pequeñas distracciones todo lo que has hecho se empieza a demostrar, psicológicamente te separas del mundo exterior y la única cosa que te separará de tu trabajo es el cansancio, tu vida se consume lentamente, incluso si escribes mientras escuchas música las emociones y pensamientos siguen fluyendo sin importar el tono de la canción, los errores de ortografía se hacen cada vez más evidentes y lo que parece ser un texto sin fin se convierte en un paraíso, un paraíso donde las emociones y el texto fluyen por tu mente hasta las teclas, pasando por el corazón en unas ocasiones y por la razón unas cuantas más, las incoherencias se hacen cada vez más visibles, sin interrupción alguna has logrado crear unos cuantos párrafos, nos pensado en detenerte, sigues escribiendo sin importarte lo que sucede a tu alrededor pero no te das cuenta de que todo lo que estás haciendo hasta que terminas.

Y, ¿Como sabemos que hemos acabado? Solo nuestra mente nos lo dirá, cuando la parte consiente logre hacer frente a la cantidad de ideas que logran salir de tu mente, sin duda alguna has logrado expresarte de la manera más sencilla posible: la imaginación hecha palabras, una serie de palabras que empiezan a hacerse más coherente a medida que tu  persona se acostumbra a ello, expresarse termina convirtiéndose en un extraño ataque de palabras en las cuales pocas veces se menciona el porque de escribir, aveces escribir es una tarea bastante difícil pero con el tiempo la mente genera ideas que ni siquiera se habían pasado por tu mente en tu vida, lo que haces se vuelve una verdadera carrera de dedos,  un espectáculo de escritura continua, tan rápido o tan lento que tus dedos apenas si se detienen, la carrera se detiene luego de unos minutos, has interrumpido la idea principal y te has separado del texto, lo sabes ya, estas empezando con el final de tu texto, luego tu emoción incrementa y termina siendo una carrera nuevamente, buscas terminar lo antes posible, las ideas aun fluyen pero en menor cantidad, nadie te puede detener, ni siquiera una falta de ortografía que tu conciencia te dice que debes de reparar, pero no lo haces, sigues escribiendo, el final esta cada vez más cerca las emociones empiezan a acomodarse y tu conciencia logra detener el exceso de ideas, el mundo empieza a reaparecer, de repente estás en el mundo nuevamente, te das cuenta que ha oscurecido desde que empezaste a escribir. Haz terminado....  



Hemos terminado.